Y acá estoy de vuelta, pagando con sudor y lágrimas el viaje a Buenos Aires (tengo que exponer el miércoles y todavía no tenía armada la presentación).
Decir solamente “el viaje a Buenos Aires” es injusto, porque aunque hayan sido no más de cuatro horas, Luján también cuenta. Llegué a las 6:40, sin haber dormido nada y sin saber exactamente dónde estaba. Pero al rato llegó Gabriel y arregló uno de esos problemas (el de la ubicación), hicimos un pequeño tour por la tan mencionada UNLU y tuvimos que evacuarla precipitadamente cuando me trató de mostrar el laboratorio de física, porque según la alarma que empezó a sonar, no deberíamos estar ahí.

Un departamento de Gabriel y un café doble con medialunas más tarde estábamos camino a la terminal, atravesando un centro con veredas angostas, ausencia de árboles y negocios llenos de vírgenes, muchas vírgenes.
En la terminal no pasó demasiado, salvo que nos salvamos de una muerte aberrante en la ruta porque el colectivo al que nos habíamos subido en un principio perdía agua como una canilla.
Tomar un café doble antes de emprender un viaje de dos horas en un colectivo sin baño y que no para no es una buena idea.
Ni bien nos dimos cuenta que estábamos en capital salimos volando al mundo exterior, buscando salvación en el subte. Pero no, el paro había dejado los baños clausurados. Nunca lo hubiera creído, pero una multinacional espantosa como Burger King me salvó la vida.
Unos momentos después arribábamos en Plaza Italia, nos encontrábamos con François y almorzábamos (si puedo llamar así a comer la ensalada más fea que probé en mi vida) en un McDo.
Rato más tarde aparece Andrew, y a eso siguió una tarde hermosa por Palermo, que solamente nosotros y los transeúntes que andaban por ahí conocen.
Llegada la noche procedí a despaturrarme en el sillón del aforementioned Andrew, comimos comida china, y me fui a dormir con un inolvidable gusto a brócoli picante en la boca.

El Extraño Caso del teléfono con Dos Tubos
El domingo empezó (y terminó) tranquilísimo. Me desperté a las 8, los desperté a las 9, y nos fuimos a lo de Pau y Flor a las 11, colegiales y una charla sobre cómo serían las cosas sin gravedad de por medio.
Almorcé ramen, almorzaron canelones, vimos The Big Bang Theory en un gallego espantoso, miramos un (aburrido) video de Les Luthiers y unos (hermosos) videos de Kevin Johansen, debatimos intensamente sobre la proporcionalidad (o proporcionalidad inversa) entre velocidad y presión de un fluido en movimiento (qué bueno que es tener amigos que sepan física, aunque no te crean que no estás inventando), gritamos un poco con Paulina porque decía que la Epistemología no sirve para nada, y yo decía que sirve para sacarles un poco de arrogancia a los investigadores, y ella decía que los epistemólogos deberían criticar menos y trabajar más, y yo llegué a la conclusión de cuál era el problema
Fernanda quedó sin visitar, las malas lenguas (bah, ella sabrá si son malas o buenas :p) dijeron que estaba encerrada estudiando.
Después, nada, todos apurados emprendimos el regreso a donde nos correspondía.