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Rosario, más rosa que ario

Y al final fuimos. Tengo que decir que me decepcionó un poco al principio.

Desde el vamos me imaginaba que iba a ser algo como Buenos Aires, pero algo más chica y un poco menos viciada por los problemas de las ciudades grandes. Pero al llegar tuve la impresión de que pasaba justo lo contrario: no había un skyline majestuoso al irse acercando, no había árboles a la vista, los edificios eran ralos, las veredas angostas, la gente escasa, los olores abundantes y las plazas habitadas por homeless (el problema no es que estén en las plazas, el problema es que haya homeless).
Tengo que admitir a su favor que llegamos cansados, acalorados y con nervios pre-examen.

Si se presta mucha atención, se ve el monumento a la bandera.


Lo primero que hicimos fue entrar a la Alianza Francesa, porque nos quedaba la módica suma de 10 minutos antes de que empezara la evaluación oral, y éramos los primeros. El edificio no es lo que se dice enorme, pero es accueillant, y tiene una escalera caracol con infinitos escalones (al menos para Asterión, porque son más de 14). Nos recibieron muy bien, y me mandaron derecho a rendir. Cuando quise pestañar, el oral ya había terminado.

La parte escrita (que también incluía comprensión oral) empezaba en tres horas, así que mientras tanto nos fuimos a merodear por las inmediaciones del monumento a la bandera.
Esta fue otra de las cosas que me resultó bastante decepcionante: a pesar de ser hora pico había muy poco movimiento por esa zona. Bah, autos había un montón, pero no había mucha gente, ni ruido, ni nada en el río (salvo peces muertos yéndose con la corriente).
Es raro que me queje de que no haya cosas que por lo general uno no quiere que haya, pero si no hay movimiento en pleno corazón de una metrópolis ¿dónde puede haberlo?.
Lo que se puede rescatar de esa zona son los árboles de ovejas.

Un agua mineral de pormedio en el p’tit café de la Alianza (Bleu Blanc Rouge) entramos a rendir la parte escrita, en la que posiblemente sea la peor hora del día. No se hizo muy largo ni se desvió demasiado de lo que habíamos visto. La carta que había que escribir la hice lo más normal que pude, y revisé unas cinco veces antes de entregar.

Sin esperar un segundo más nos fuimos a almorzar, para no sorprender a nadie, en frente del monumento a la bandera, donde comí los ñoquis más cuadrados de mi vida.
Sentados atrás nuestro estaban los tipos de Catupecu Machu y Las Pelotas, entre nosotros volaban pajarillos que nos robaban el pan, y sobre mis brazos se paseaban arañas que bajaban de la enredadera que se tendía sombría sobre nuestras cabezas (cuando me caminan arañas por arriba me pongo poético).

El Reloj sin Hora: arte conceptual o defecto funcional.


La vuelta al hotel fue un camino cuesta arriba. Literalmente, porque al parecer la ciudad se encuentra en una loma, y a la costanera la dejaron afuera.

Lo que pasó hasta las 8 de la noche es muy poco interesante, porque no involucró mucho más que dormir, tratar inútilmente de encender el televisor, bajar a que me cambien y/o arreglen el control remoto, volver a subir y darme cuenta de que tenía que apretar un botón que estaba en el televisor mismo, pero que simulaba muy bien ser cualquier otra cosa, menos un botón.

Después de las 8 fuimos a caminar por la peatonal Córdoba, y la cosa mejoró bastante: aparecieron al fin edificios, negocios, árboles y un viento fresco que parecía venir directo del río. Lo malo es que ya estaba prácticamente todo cerrado o cerrando, como El Ateneo, donde traté fallidamente de hacerme con una copia de Un Mundo Feliz.
Cerca de las diez llegamos a un restaurant de la costanera, donde nos dijeron que íbamos a tener que esperar 40 minutos para poder sentarnos. Indignados, nos fuimos.

Terminamos volviendo a ese lugar y comiendo a las 12.

Voy cerrando el post con el resumen de mis impresiones:

  • Rosario resultó no ser una ciudad tan moderna y cosmopolíta como esperaba.
  • Pero ni yo ni el tiempo estábamos en óptimas condiciones, así que queda pendiente otra visita.
  • Fito Páez miente y desinforma: Rosario no está tan cerca (tres horas de viaje, y no estoy en Viedma), y no siempre estuvo.
  • La gran mayoría de la gente con la que hablamos nos trató bien en todo momento.
  • El 95% de las chicas eran lindas. O sea, de cada 10 chicas que te cruzabas por la calle, 9 eran lindas, y una mitad de la décima también.
  • Si vas a bajar rodando por las lomas cercanas al monumento a la bandera, tratá de no hacerlo por las escaleras.

Nos despidió la estatua que rinde homenaje al hombre más feo del mundo.

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